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PSICOLOGÍA Y SEDUCCIÓN

Psicología y seducción son dos caras de la misma moneda. Porque, entérate: para conquistar y ligar, hay que conocer bien las propias fortalezas y, así también, el talón de Aquiles ajeno. En este artículo, algunos consejos para convertirte en experto en seducción.

PSICOLOGÍA Y SEDUCCIÓN

El arte del amor no es para cualquiera

La seducción se puede convertir en una tarea demasiado compleja para un recién iniciado. Simplemente, porque conquistar a alguien, captar su atención e, incluso, poco a poco, conmover su corazón, puede tornarse una lucha sin cuartel, que requiere utilizar las mejores armas de las que podamos disponer los seres humanos. Algunas de ellas, son: carisma, empatía, sentido de la ubicación (no en sentido literal, sino en cuanto a saber actuar de acuerdo a las circunstancias), transparencia y, la más poderosa: el don del amor, sin el cual no hay seducción.

Según la psicóloga Alejandra Vallejo-Nájera, en su último libro “Psicología de la seducción”, distingue algunos perfiles psicológicos y la manera más adecuada para seducirlos. Ellos son:

Afrodita. Sensual, busca seguridad y mimos en varones protectores, leales y muy sexuales. A ratos, se muestra demasiado emotiva.

El vividor. Aventurero y pasional, obtiene éxito con damas inseguras y maternales. Zalamero y narcisista (aunque inseguro), necesita ser admirado. Quien esté a su lado debe ayudarlo a encauzar su costado emocional.

El rescatador. Le gusta sentirse indispensable. Brinda ayuda y generosidad a seres caóticos y de baja autoestima. Hay que admirarle y ayudarle a pensar en sí mismo.

El artista. Genial, amante de la belleza, y romántico, se enamora de personas sensibles ante la estética. Busca sentirse especial. Quien valore su autenticidad, lo seducirá con éxito.

El cautivador. Entusiasta, con buena conversación, es el centro de las reuniones. Busca personas más estructuradas, que buscan su lado positivo. Juerguista, elige personas que no se quejen continuamente ni se muestren infelices.

El intelectual. Demuestra que no necesita a nadie. Si se respeta ese principio, sin abrumarle, la seducción tendrá éxito.

El encantador. No discute y alimenta la autoestima de su pareja. Se vincula sentimentalmente con personas estresadas. Necesita sentirse cómodo.

El líder. Tiene carisma, decisión y brinda protección a quienes se sienten aislados en lo social. Denota control y dominio de los espacios y las personas. Algo que no soporta un líder: la trampa amorosa.

El divo. Es glamoroso sin hacer esfuerzo. Conquista a personas abrumadas por la rutina. Distante, busca la perfección. Para enamorarlo, hay que procurar hacerle disfrutar de los pequeños placeres de la vida que, de por sí, es imperfecta.

Psicología y seducción: algunos tips de expertos

Destacar lo mejor del otro, sin enfatizar las debilidades. Una persona seductora, en el más amplio sentido de la palabra, es capaz de rescatar una pepita de oro, de entre una montaña de rocas. Posa la mirada en lo positivo, y no en lo que debería cambiar. Se trata de alguien cuya conversación gratifica y que, cada tanto, regala piropos y se gana la atención del ser amado.

La belleza ayuda, pero la actitud siempre gana. Ser guapa o apuesto, es una suerte, realmente; porque el amor entra por los ojos, mal que nos pese. La belleza ayuda, pero no seduce por sí misma. La actitud positiva frente a la vida, que incluye el buen humor, la comunicación fluida y la buena llegada emocional a los demás, complementan el aspecto físico que, solo, no conquista.

La psicología inversa funciona. Es el fenómeno de decidir por alguien, haciéndole sentir que quien decide es el otro. En lo que a seducción se refiere, por ejemplo, ocultar que se está completamente enamorado, muchas veces, tiene en el otro (el ser amado), el efecto contrario. ¿Qué significa? El otro se sentirá tan perplejo o inseguro, que se mostrará más complaciente, gratificador y entusiasta en cuanto al futuro de la relación.

Nadie nace sabiendo cómo seducir. Con la edad, no solo se nos arruga la piel y se nos cae todo lo que, alguna vez, estuvo firme y arriba; las experiencias amorosas otorgan un valioso aprendizaje. Si eres capaz de sacarle el jugo a cada vivencia del pasado, podrás adquirir más y mejores recursos para enfrentar el desafío de la seducción.

No hay que pretender que el otro nos necesite, sino que desee estar con uno. El amor no llena una falta; complementa una vida. El otro no anda por ahí incompleto buscando a su media naranja. La seducción no busca lo vulnerable del otro sino, sencillamente, hace que luzca, buena y apetecible, la posibilidad de entablar una relación sentimental con alguien que puede aportar, a la propia vida, altas dosis de felicidad y abundancia.

Para seducir, no se necesita un disfraz. No se trata de disfrazarnos de Mujer Maravilla, o de Superman: sino de ser uno mismo, en la medida justa. Habrá que intentar mostrar lo mejor de nosotros mismos, y dar a conocer, el costado más oscuro de nuestra personalidad, recién cuando el amor haya hecho su trabajo. ¿Por qué? Si alguien que no nos conoce, advierte, de buenas a primeras, todos nuestros defectos, jamás se interesará en profundizar el vínculo.

Procura que, al recordarte, solo recuerde cosas positivas. Para ello, es importante que compartan las cosas sencillas: el entretenimiento, la diversión y los momentos de emoción profunda. Son, simplemente, los ratos simples de la vida, que siempre permanecen en la memoria.

Quien mejor insinúa, no necesita ser evidente o decir inconveniencias. En el arte de la seducción, se obtienen mejores resultados cuando se dice, entre líneas, que cuando se va directo al grano. Por ejemplo: sugiere más un buen escote que un pecho detrás de una transparencia. En el caso del varón, siempre conviene invitar a un sitio más tranquilo, a tomar una copa, que dar por sentado que el próximo paso es el sexo, cuando el otro no dio señales de tal cosa.

Pese a este compendio de la psicología y seducción, no hay reglas escritas ni fijas. Cada uno debemos saber, según el caso, aplicar estas enseñanzas, y aceptar el reto que significa enfrentarnos a alguien con el deseo de gustarle.

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