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LA CIENCIA DEL AMOR

Con el permiso de los poetas y los cantantes, el amor es algo más que un fenómeno espiritual y místico. No aparece por arte de magia ni acaba por una maldición. El amor tiene sus mecanismos fisiológicos, sus hormonas y sus comportamientos creados por la presión de la selección natural. Nuestra parte más racional se ha encargado de convertir esa base biológica en algo más grande por medio de costumbres, cultura, tradiciones y códigos morales. El resultado final de esta mezcla de bases biológicas y cultura es el amor como lo conocemos.

LA CIENCIA DEL AMOR

Ya sabes cómo es el amor romántico de las películas y las novelas, ese “amor de verdad” que siempre se nos ha dicho que es “como debe ser” y cuyos resultados siempre son felices y deseados. Pero quizá vaya siendo hora de conocer lo que hay detrás del romanticismo. ¿Qué nos dice la ciencia del amor? Te explicamos algunas curiosidades científicas sobre dos de los muchos posibles aspectos relacionados con el amor que se podrían analizar: la bioquímica y el emparejamiento.

Bioquímica: las hormonas del amor

El enamoramiento provoca en nosotros una auténtica cascada hormonal que nos cambia el carácter. El tipo, cantidad y duración de esos torrentes bioquímicos dependen del momento del enamoramiento, ya que no es la misma situación si estás en los primeros meses o pasados unos años. Las principales hormonas que intervienen en la bioquímica del amor, por exceso o por defecto, son dopamina, norepinefrina, adrenalina, fenitelamina, serotonina y oxitocina. Entre otras muchas.

La fenitelamina protagoniza la primera fase del enamoramiento y nos provoca pasión. El deseo de estar juntos se forma gracias al efecto de la oxitocina y la vasopresina. El amor en sus primeras semanas nos provoca euforia, alegría desenfrenada y pasión, causados por el ataque en nuestro cerebro de la dopamina y la norepinefrina. Eso es gracias a que la baja la cantidad de serotonina (la hormona que nos “estabiliza” el estado de ánimo, evitando los saltos bruscos en nuestro humor) deja paso libre a esas hormonas. La dopamina y la norepinefrina también explican que sintamos obsesión por nuestro amado. Solo tenemos ojos para nuestra pareja y no dejamos de pensar en ella.

Durante las primeras semanas del enamoramiento se “desactivan” partes del cerebro dedicadas a la razón y el pensamiento lógico. Es una explicación al dicho popular de “el amor es ciego”. En efecto, lo es: en estas fases nos negamos a prestar atención de los defectos del otro y no nos importan las opiniones ajenas. Queremos lo que queremos contra viento y marea. Eso lo habrás visto o pasado como todos. Cuando estás enamorado, el juicio se te nubla y solo sabes sacar a la luz las virtudes del otro.

Con el paso de los meses y de los años, el amor se atempera y salen a la luz esos defectillos o costumbres que no compartimos. La serotonina se regula y desaparece esa euforia total, esa pasión y alegría descontroladas. Es el momento de la templanza y de poner cosas en común para asegurar la buena convivencia.

La oxitocina también tiene otros muchísimos papeles en el ciclo del amor y el emparejamiento. Está implicada en la sensación de confianza, la generosidad, la formación de vínculos personales, la empatía, la compasión, etc. Pero también es fundamental en el comportamiento sexual y maternal. También está implicada en los procesos hormonales del embarazo, el parto y la lactancia. Y es que el amor romántico es bonito y está muy bien, pero el objetivo biológico de todo esto es encontrar pareja y tener descendencia.

¿Monogamia y fidelidad?

Aunque el objetivo biológico sea la procreación, en realidad no hace falta formar pareja para tener descendencia. Entonces, ¿existe una explicación para la monogamia? Los conceptos de fidelidad e infidelidad, ¿son una construcción cultural o tienen una justificación biológica?

No son pocos los expertos que han estudiado este asunto tan peliagudo, tanto en la especie humana como en otros animales, tratando de encontrar una explicación. Parece ser que la respuesta no está del todo clara y podría haber factores genéticos que explicaran una tendencia a la monogamia o a la poligamia en los individuos, además de patrones de conducta aprendidos a partir del historial familiar.

Las estadísticas dicen que cambiamos de pareja cada cuatro años y la verdad es que el divorcio está a la orden del día. Por supuesto, existen parejas que duran para siempre y otras que no aguantan una semana, pero ahí está la media: cada cuatro años, uno o los dos miembros de la pareja empieza a querer “mirar a otro lado” y de la confianza y el respeto mutuos depende el no dar el paso y romper la relación. Son ciclos. El ser humano se comporta como un “monógamo en serie”. Es decir, es fiel a su pareja durante unos años, para después buscar otra pareja con la que volver a ser fiel. Monogamia, sí, pero con diferentes parejas a lo largo del tiempo.

Pero ¿por qué monógamos? ¿Qué beneficios nos trae la monogamia para que sea tan importante en nuestra sociedad? ¿Es biológica? La explicación podría ser anterior a todos los rituales y conceptos culturales sobre el amor romántico. La monogamia podría suponer dos beneficios. Para el macho, la única manera de garantizarse una descendencia es tener a una hembra y quedarse con ella para alejar a otros posibles machos. Durante el embarazo y la lactancia, la hembra es menos “receptiva” a otros machos y eso ayuda a proteger a la propia descendencia. Para la hembra, tener a un macho al lado es una garantía de supervivencia propia y de las crías. Es algo que se cumple en muchos grupos de primates (chimpancés, por ejemplo, los más cercanos a nosotros) y mamíferos que viven en grupos, como los leones.

La pulsión por dejar descendencia podría explicar la infidelidad masculina, que se muestra más fuertemente en unos hombres que en otros, aparentemente también por cuestión genética.  El “está en mis genes” podría explicar una especie de “necesidad” interna, o interés personal, de ir de cama en cama. Sin embargo, el “no es lo que parece” no se puede justificar desde la biología, ya que a pesar de las pulsiones internas somos racionales y responsables de nuestros actos.

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