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Estar enamorado: un estado de fascinación

Estar enamorado se asocia a cierto estado de encantamiento y, asimismo, a una continua fascinación. Entérate de cómo saber que estás atravesando este estado casi hipnótico e identifica los sentimientos que despierta.

Estar enamorado: un estado de fascinación

Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida, reza el famoso poema de Francisco Luis Bernárdez. Así es: estar enamorado despierta un montón de sentimientos: deslumbramiento, posesión, cierta idealización sobre el objeto amado e ilusión.

Ya Sigmund Freud había comparado al enamoramiento con la hipnosis. El Padre del Psicoanálisis consideraba, entonces, que el enamorado seguía la voz de su amante como a una voz somnífera y que su estado podía llevar a hacer todas y cada una de las cosas que el otro le exigía y demandaba.

Conoce los síntomas característicos del enamoramiento y ponte al corriente de si estás o no enamorado en este preciso momento.

Síntomas de que estás enamorado

Contra toda lógica. El enamorado desconoce la lógica y no razona. Su toma de decisiones suele estar más vinculada al momento y no al discernimiento. Por eso, puede llegar a hacer cosas sin sentido y caer en contradicciones exageradas.

Deslumbramiento total. El otro, que se presenta como la reina de Inglaterra o el Príncipe Azul, atrapa toda la atención. Solo tienes ojos y oídos para esa persona. El resto de los mortales no cuenta y desaparece de tu mente. Todo lo que él o ella hace es perfecto, ideal, dotado de hermosura y fuera de serie. No lo es, realmente, pero así lo concibe el embelesado enamorado.

El deseo impera. El enamorado quiere estar, todo el tiempo, de arrumacos con su pareja. Los besos, los abrazos y las caricias ni siquiera se pueden pausar en público. Y, como broche de oro, todo termina en la cama. El sexo necesita ser satisfecho cada día. El cuerpo puede sobre la mente. El apetito sexual sostenido es una constante.

El otro como un chaleco salvavidas. El enamoramiento se relaciona con una idealización total del otro. Por momentos, esa idealización es tal que el objeto amado se convierte en la salvación de la persona, que, no pocas veces, se vuelve dependiente de su media naranja. Puede llegar a sentir que, si no fuese por su pareja, su persona, individualmente, no valdría de mucho. Esto está vinculado a que la sobrevaloración del otro crece en proporción al detrimento de la autoestima y el narcisismo propios.

Estar enamorado es una ilusión. Se llega a pensar que el otro lo es todo y demasiado para uno. Ante los ojos de su amante, aparece como bello, perfecto, de personalidad enigmática, de un humor extraordinario… En pocas palabras, se da la ilusión de que el otro completa y llena los huecos propios (defectos, debilidades, talón de Aquiles, etcétera). Esta ilusión puede, en algún momento, dar paso al amor verdadero.

Intensidad propia de este estado. El enamoramiento se suele vivir muy intensamente, con vigor y energía. Todo es intempestivo y nada meditado. Predomina el impulso sobre la razón. Falla, como consecuencia, el juicio. Las urgencias propias de la pasión hacen que los amantes quieran verse todo el tiempo, terminar en la cama a todas horas y pasar noches completas de amor vivo e impetuoso.

Mariposas en el estómago. Físicamente, la persona que se siente enamorada padece de ciertos cambios hormonales y emocionales que llevan a la persona a tener sensaciones corporales que, desde siempre, se han vinculado estrechamente a cierto nerviosismo y ansiedad previos al encuentro con la persona amada.

Me quiere, no me quiere. El enamoramiento no sabe de certezas. La inseguridad e incertidumbre, durante toda su vigencia, van a estar presentes: en cualquier momento, el otro puede dejarnos, sin ton ni son. No significa que, realmente, pueda ocurrir, pero el enamorado considera que la felicidad completa que siente puede esfumarse de un momento a otro.

Posesión absoluta. Lo quiero todo para mí, dice ella; es únicamente mía, asegura él. El sentimiento de posesión es despótico y autoritario. Querer es querer ser dueño y amar es otra cosa. Incondicionalmente, quien está enamorado siente que la persona le pertenece. Pero, cuidado, ya que puedes llegar a confundirte y volverte muy controlador de la persona amada.

Todo es efímero. En estado de enamoramiento, el tiempo vuela. No hay tiempo que esperar. El enamorado desespera, si el otro se demora y llega tarde a la cita; o, cuando no lo puede localizar, enseguida, vía móvil. También, cuando no contesta a los mensajes de WhatsApp.

Todo es novedad. Como no se conoce al otro, cuando se despierta, y pasa a buscarme en su coche, perfumado y vestido de lujo, todo es nuevo y deslumbrante. Solo cuando la relación progrese hacia un vínculo más sensato y menos impetuoso, caerá en una rutina necesaria, la que caracteriza a todos los noviazgos serios o matrimonios.

El amor es otra cosa

El enamoramiento puede desembocar en un amor verdadero o, por el contrario, no avanzar ni pasar de eso y esfumarse junto con la ilusión que generaba. El amor es un estado distinto y superior. Querer implica posesión y amar conlleva amor incondicional. Son dos fases distintas. El amor precisa de una primera etapa de enamoramiento, para nacer. En cambio, el enamoramiento que no evoluciona termina esfumándose porque dura un tiempo breve y no se prolonga en el tiempo. Necesariamente, cuando una relación crece y madura, deja de lado ciertos caprichos y urgencias que presuponía la pasión exagerada y alcanza las aguas mansas de una relación seria, comprometida y un poco rutinaria (no se puede negar).

Ahora, si te has dado cuenta de que, en este momento, estás enamorado, disfruta de este periodo, que tiene fecha de caducidad, y procura hacer de tu relación un vínculo que sea capaz de superar el hipnotismo y prolongarse en el tiempo. Para ello, es necesario tomar las riendas de la pareja e intentar llevarla a buen puerto. Estar enamorado es un estado casi de locura y pasión, necesario para que, en ese contexto, se geste una relación que pueda llegar a ser comprometida y seria en el futuro.

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